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miércoles, 20 de noviembre de 2013

Cambio de época: Con la salida de Moreno, Cristina reposiciona al gobierno en la pelea del 2015


El kirchnerismo sin Moreno será algo distinto. La salida del poderoso secretario de Comercio sugiere que Cristina parece decidida a terminar lo mejor posible su mandato. Confirma además que la Presidenta decidió sintonizar con los cambios que demandaba el peronismo. Su salida plantea además un desafío al discurso económico de Sergio Massa que hizo de la salida de Moreno su bandera.
Se trata de esas noticias que marcan un cambio de época. El impacto de la salida de Guillermo Moreno del Gobierno podía palparse esta noche en la calle, donde se distingue rápido lo importante. 

La salida del secretario de Comercio Interior excede largamente el sentido de un cambio de gabinete y marca una reconfiguración de lo que hasta ahora se conoció como kirchnerismo. El Gobierno sin Moreno pierde la expresión extrema de esa faceta irracional, patotera que lastró buena parte de las expectativas que Cristina había generado cuando fue reelecta.

Con Moreno se van los resabios del peor Kirchner, el que se destapó luego que decidió echar a Roberto Lavagna para ingresar en una lenta degradación del manejo económico, que fue agrandando la figura del secretario de Comercio, tal vez más de lo que él mismo hubiera deseado.

Lo que comenzó como un engranaje secundario y acaso efectivo para jugar el rol de policía malo de la conducción económica, terminó en el segundo mandato de Cristina hipertrofiado en una caricatura disfuncional de si mismo, dinamitando toda posibilidad de elaborar una política económica racional.

Esa época termino esta noche. Y no es casual que esto ocurra luego de la derrota electoral del Gobierno, de la caída del proyecto reeleccionista y acaso lo más importante, de los problemas de salud de la Presidenta en gran medida vinculados a su anterior pulsión por controlar todas las decisiones. Esa pulsión que acaso la llevó a demorar al menos dos años decisiones que ya se imponían cuando asumió su segundo mandato.

La salida de Moreno es en rigor la segunda parte obligada de un engranaje que se puso en marcha con la designación de Jorge Capitanich como jefe de Gabinete. El dos veces electo gobernador del Chacho, ex jefe de Gabinete y ex senador nacional, no es un hombre para arriar con facilidad.

Tiene la voluntad y la experiencia política para intentar transformar el regreso al gobierno nacional en la plataforma de su proyecto presidencial. No está para fracasar por las locuras de un secretario de Estado y no sería extraño que termine incluso marcándole el ritmo a Axel Kicillof, un intelectual que suele enredarse al momento de traducir su mirada económica en medidas concretas para desarmar problemas de la coyuntura, como el cepo al dólar.

La salida de Moreno también suaviza las inconsistencias y ese sabor agridulce que dejó el cambio de gabinete de ayer. Se intuye que sin el peso de la figura de Moreno, las extravagancias intelectuales del flamante ministro de Economía podrian quedar acotadas a las discusiones de café.

De hecho, Kicillof arrastra un largo historial de anuncios de planes revolucionarios, que cambiarían el demonizado paradigma de los noventa, que se siguen haciendo esperar (el “nuevo” marco regulatorio para el sector eléctrico es apenas un ejemplo). Capitanich es un gobernador peronista más bien de derecha, pero con un potente bagaje técnico como para dar cualquier discusión económica.

Y ese es también un desafío inmediato para Sergio Massa. Hasta ahora el ganador de las elecciones se movió con soltura ante los desaguisados de Moreno, Marco del Pont, Kicillof y Moreno. Capitanich es otra cosa y ya avisó que su intención es ejercer la jefatura de Gabinete con un alto perfil, sin pedir permiso a los camporistas que la colonizaron, como hacía su antecesor.

La salida de Moreno deja al equipo económico de Massa (Peirano, Redrado, De Mendiguren) sin el recurso fácil de personalizar sus críticas en Moreno. La inflación y el cepo siguen siendo temas de agenda, pero ahora es posible que el Gobierno ingrese en una dinámica de gestión más profesional (suma en eso también Juan Carlos Fábrega en el Banco Central), que vuelva los contrapuntos más exigentes y acaso menos marketineros.

El espacio de centro racional, moderno y productivo que Massa plantea, bien puede intentar disputárselo el equipo que está delineando la Presidenta.

Daniel Scioli, el otro gran candidato del espacio peronista, tiene acaso desafíos mayores. En el gobierno ya hablan de una fórmula entre Capitanich y Fernando Espinoza, el intendente de La Matanza y flamante presidente del PJ bonaerense, para el 2015.

Si el jefe de Gabinete logra desarmar el cepo y moderar la inflación, no habría que subestimar el impacto a la hora de votar, en un pueblo que siempre lo hizo mirando el bolsillo. Es más, si en algún momento de aquí al 2015 en la Argentina se puede volver a comprar dólares, el efecto simbólico de esa carta no sería menor.

Es un gran sí, es verdad, pero no parece imposible y dos años es tiempo suficiente para enderezar un rumbo.

En ese caso, un Capitanich proyectado podría llevar al kirchnerismo a intentar una jugada feroz, fiel a su estilo: Impedir directamente que Daniel Scioli sea candidato. “¿Acaso alguien imagina que van a hacer todo el esfuerzo de construir un candidato propio para que pierda en las primarias ante Scioli”, razonó un funcionario que acompaña a los Kirchner hace años.

El esbozo de una fórmula Capitanich-Espinoza revela también hacia donde apunta Cristina. Con Sergio Massa decidido a competir por fuera del PJ buscando una alianza amplia con radicales y progresistas, el Gobierno parece estar pensando en consolidar el voto peronista y a la estructura del PJ, detrás de la propuesta que finalmente termine delineando.

Es verdad que se trata de bocetos, que si no se transforman en una opción real provocarán la consecuencia obvia: El candidato del peronismo oficialista será Daniel Scioli y el gobernador habra triunfado en la guerra fría que mantiene hace años con el kirchnerismo, para imponerse como heredero.

Sin embargo, el cambio de Gabinete y sobre todo la salida de Moreno, dan cuenta de un Gobierno que decidió ser competitivo y tratar de romper una inercia que lo llevó a la actual encerrona. Ahora empieza lo más interesante, ver como los movimientos en el tablero de arena de la Presidenta se comportan ante la prueba de ácido de la realidad. 

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