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martes, 12 de julio de 2011

Cristina todavía puede jugar una carta en la Ciudad: bajar a Filmus

La Presidenta tiene una oportunidad para recuperar autoridad política después del Waterloo porteño. Si ordena a su candidato que desista del ballotage, incluso podría despertar simpatías entre los vecinos que creen que es un fastidio volver a votar cuando el resultado está cantado. El desánimo del peronismo porteño y la suicida campaña contra los porteños.


Daniel Filmus volvió a exhibir en las últimas horas las dificultades que enfrenta a la hora de transitar la humildad. Para explicar su negativa a renunciar al ballotage se comparó con Carlos Menem, cuando el riojano eludió la segunda vuelta en el 2003. Explicó que el jamás cometería semejante defección.
Menem ganó la primera vuelta y como sabía que perdía el ballotage, renunció a esa instancia para debilitar el naciente gobierno de Néstor Kirchner, que apenas había alcanzado el 22% de los votos. Fue un gesto de enorme irresponsabilidad institucional, que el santacruceño supo revertir desde la gestión.
Lo de Filmus es un mundo por completo distinto. Si se baja, el único efecto que logrará es que los porteños le agradezcan el sentido común de evitarles volver a las urnas para escriturar una decisión que ya se tomó el domingo. Gracias a Dios, su renuncia al ballotage no pondría en riesgo las instituciones de la Ciudad y menos las de la República. El gesto en todo caso asumiría la burocrática forma de un trámite previsible, muy lejos del drama de un oscuro golpe político.
Macri no necesita que Filmus lo ayude a legitimarse en un ballotage, el 47% que obtuvo en la primera vuelta y los casi 20 puntos de diferencia, le otorgan una base política suficiente para administrar la Ciudad.
En rigor, el debate de Filmus ya lo resolvieron las matemáticas. El candidato kirchnerista necesitaría 22 puntos de los 25 en juego para ganar la segunda vuelta; mientras que a Macri le alcanzaría con poco más que el 2 por ciento.

Lo más probable es que tanto Filmus como quienes lo rodean todavía estén bajo los efectos del shock de la derrota y por eso repitan las mismas consigas que los llevaron a esta situación, como si no tuvieran nada que cambiar. Es comprensible.
Lo que se entiende menos es que la Casa Rosada –al menos por lo que trasciende- sea quien lo presione para que mantenga su voluntad de enfrentar al ballotage. La explicación que esbozan quienes sostienen esa desición es de una precariedad conmovedora. Si Filmus saca el 40% en el ballotage, afirman, Cristina enfrentaría con ese piso las primarias de agosto.
Se trata de una tontería importante y muy sencilla de rebatir: en las primarias de agosto la oferta no se limitará a dos candidatos como en el ballotage porteño, de manera que nada le garantiza al kirchnerismo que retenga el hipotético 40% de Filmus en una segunda vuelta. Y en segundo lugar, el voto no se traslada de manera mecánica, como se vio este fin de semana. Dicho de otra manera: ¿Si la Presidenta ronda los 40 puntos como dice el oficialismo, para qué necesita el antecedente de un ballotage de Filmus?
Y desde el otro lado de ese telescopio, el riesgo que un ballotage porteño entraña para la Casa Rosada es muy concreto. La Presidenta podría sufrir a 14 días de las primarias de agosto una segunda derrota contundente, que los diarios nacionales se encargarían de amplificar y estirar todo lo que se pueda ¿Para que seguir entregando limones a ese jugo amargo?

Esto lo tienen demasiado claro los dirigentes más veteranos del peronismo porteño, que por estas horas iniciaron una sorda resistencia al ballotage. Lo que tenían para jugar ya lo jugaron el domingo, cuando se eligieron legisladores y comuneros. Se trata de gente práctica que no entiende la lógica de seguir gastando plata, energía y tiempo en una pelea que se sabe perdida.
“La impresión es que la gente quiso liquidar la elección el domingo, para que no la importunemos con una nueva votación y encima sobre el filo de las vacaciones de invierno”, explicó uno de estos dirigentes a LPO. Y advirtió: “lo que puede pasar si los forzamos a volver a votar es que nos castiguen y terminemos 70 a 30”.
En la Casa Rosada argumentan que sólo votó el 70% del padrón -en rigor fue el 75%- y que entonces Macri sacó en realidad un 30%. De manera que hay que ir a buscar a todos los que no fueron y con esos, Filmus gana. "Fenómeno, ya tenemos todo resuelto", afirmó irónico el dirigente consultado, ante el estrafalario análisis.
Pero como si todo esto no fuera suficiente, Aníbal Fernández, Fito Páez y Ricardo Foster, como cabezas visibles de una constelación más amplia, se encargaron en las últimas 48 horas de prender fuego los tibios intentos de Filmus por mostrarse amplio. Sus insultos a los porteños contradicen el manual más elemental de los políticos después de una derrota por paliza: humildad y prometer que se prestará más atención a lo que demanda la sociedad.

Porqué Cristina lo tiene que bajar

Lo peor que le podría pasar a Cristina es que en los próximos días u horas, Filmus se baje por su cuenta. Sería una desautorización y un signo de rebeldía póstuma, pero rebeldía al fin. La dejaría ubicada en el lugar del capricho y la cerrazón, o como mala perdedora.
Por el contrario, si fuera ella quien le pide a su candidato que le ahorre a los porteños el trámite de la segunda vuelta, recuperaría autoridad política en un distrito donde por estas horas crecen en el peronismo y el kirchnerismo las críticas a Juan Cabandié y La Cámpora, que es una manera de criticar a Cristina, que los encumbró al frente de las listas. Es tan viejo como la política que después de las derrotas, los líderes necesitan sacrificar alguna pieza que concentre todas las culpas, en un simulacro de renovación que preserve el mando del jefe de mayores cuestionamientos.
Si Cristina optara por bajar a Filmus gozaría además de un beneficio adicional: el agradecimientos de cientos de miles de porteños, que podrían disfrutar del domingo del 31 de julio en familia y planificar sus vacaciones en paz. No es poca cosa, evitar nuevos agravios, cuando ella misma deberá someterse a ese electorado apenas 15 días después.
Sería una manera elegante de hacer una autocrítica sin el costo de verbalizarla, algo así como empezar a desandar el notable exabrupto de su jefe de Gabinete, que condenó a los porteños porque “no saben votar”, en una reivindicación del voto calificado que bien podría incorporar en una próxima reedición de sus nuevas “Zonceras Argentinas”.

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